Ayer tuve un día duro. Llevo varias semanas muy cansada y con el ánimo por los suelos y ayer digamos que toqué fondo… otra vez.

La razón es que revisando mi otro blog, me encontré con la que fue la lista de los tres primeros blogs que tuve y justo hace diez años que empecé con ellos. De los tres, el único que conservo es Letras Peregrinas, aunque lo actualizo de pascuas a ramos (últimamente la musa me visita más bien poco).

Uno de ellos se llamaba Con Mucho Gusto y en él hablaba sobre la puesta a dieta de mi ombligo, que de aquellas estaba también crecidito (menos que ahora, todo hay que decirlo) y antojado de dulces. Al releer las primeras entradas me di cuenta de que en el fondo, en estos diez años me he estado saboteando a mí misma y nunca he podido mantenerme firme en mi propósito de tener el cuerpo y la mente que quiero.

Es duro, porque cuando las cosas se ponen difíciles es fácil mirar para afuera y echar la culpa a las mil cosas que te pasan, a que te has cruzado con un gato negro, pasado por debajo de una escalera o sencillamente pensar que no ha pasado tanto tiempo y con ponerme seria un poco ya se soluciona el problema de fondo. La realidad es muy distinta y cuesta mucho más de lo que parece.

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